Cuando era niña sembré un Cayeno con mi papá en el jardín de la casa. Dio flores color naranja. El día en que perdí el gusto por los árboles y los cuentos de hadas, el Cayeno se volvió el recuerdo de una buena infancia que mis papás inventaron para mí. Yo creí en ella, porque los niños creen, porque no saben lo mal que sabe no creer. O tal vez porque lo saben.
Mi pasado es el mejor regalo. Los mejores regalos no se pueden empacar y poner bajo el árbol de Navidad. No se adornan con cintas de colores ni llevan tarjetas de parte del Niño Dios, que por algún motivo escribe igual a mi mamá. El mejor regalo es una mentira bien tejida, como las trenzas que me hacían antes de ir al colegio, porque esconden realidades que almuerzan atún con jugo de mora. Se que lo probé mil veces, pero no recuerdo que supiera mal.
La curiosidad arranca las mentiras como dientes flojos. Las amarra con un cordón a la puerta y cierra sin piedad. No duele, pero asusta. Es un miedo que hace hiperventilar, igual al que sentía cada vez que mi mamá me sacaba los dientes de leche para que no me los comiera con el brócoli y se quedaran para siempre en la boca de mi estómago, acompañando el diamante de su argolla que me hace la más valiosa de sus hijas. Mis dientes de leche reposan al fondo de una cajita de lata, con las marquillas de tela que llevan mi nombre escrito en letra pegada. La cajita está en un secreter, enterrada bajo papeles ilegibles y un teléfono dañado que jamás se mandó a arreglar. Mis dientes de leche no hacen parte del collar de un ratón que me dejaba dulces bajo la almohada. Pero son los dulces, lo dulce, lo que recuerdo.
No se debe guardar evidencia de las mentiras. Algún curioso la puede encontrar. Yo siempre guardo la evidencia de las mías, para no creerme algunas y para recordar que en alguna cavidad, entre el corazón y los pulmones, enterrado bajo papeles ilegibles y un teléfono dañado, está mi gusto por los árboles y los cuentos de hadas.
Tampoco las tristezas se deben guardar, se convierten en un nudo ciego hecho del material de los tumores. Se aloja en la garganta. En una cajita de lata guardo mis tristezas, las que empezaron como sonrisas blancas y esmaltadas y luego se convirtieron en lágrimas de agua salada. Aún las siento rodar por mi cara y mojar la manga de mi saco. Guardo las lágrimas. Las que vi salir por felices y por tristes, las que vi salir a la tienda por leche y huevos y jamás regresar. Se convirtieron en ese vapor caliente que hace suspirar y doler el pecho, que le permite a los fantasmas escribir mensajes en el espejo empañado del baño. Vuelven a ser lágrimas cuando hace frío y se van por el sifón.
Alguien con mala suerte y algo de seso dijo: mal de muchos, consuelo de tontos. Todos sufrimos del mismo mal, todos somos unos tontos. Somos la evidencia de una mentira, de muchas mentiras. Lo importante es que estén bien tejidas, como las trenzas que me hacían antes de ir al colegio, porque la realidad puede matar más rápido que un infarto fulminante.
No se cuándo muero o si mi muerte estará hecha del material de los tumores. Creo que mi vida debe fugarse por la boca de mi estómago: hogar de piedras preciosas, yacimiento de carcajadas, víctima de penas y jugos gástricos, testigo presencial de una buena infancia, de una buena vida, que mis papás inventaron para mí.
Mi pasado es el mejor regalo. Mi regalo es el mejor presente. Está sembrado en el jardín de mi casa. Creció como un Cayeno cuyas raíces llegan a mis ventrículos y hacen brotar de mi corazón flores color naranja. De esas que nunca se marchitan.
