Desde pequeña, gracias a una seria adicción a la televisión que ha probado ser más fuerte que cualquier intento de rehabilitación, siempre soñé que mi primer beso sería de película. Literalmente. Creía que un hombre guapo, preferiblemente (me disculpo de antemano y aclaro que mis gustos han cambiado radicalmente desde entonces) Lorenzo Lamas, correría hacia mí por Central Park, me tomaría en sus brazos y me besaría apasionadamente, el mundo daría vueltas a nuestro alrededor y, por culpa de mis hermanas que la cantaban todo el tiempo, sonaría “Is it okay if I call you mine” de Paul McCrane en el fondo.
Podrán imaginarse mi decepción el día en que, de hecho, recibí mi primer beso. Claramente quien me lo dio no fue un hombre sino un niño, que no tenía los músculos del Renegado, ni sus tatuajes, ni su Harley (de nuevo, pido disculpas); el escenario fue uno de los auditorios del centro de convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada y por lo que era una fiesta en Bogotá City y no en New York City, la banda sonora fue una canción de Rikarena o ¿sería de Proyecto 1? En todo caso, fue la absoluta antítesis de romanticismo si alguna vez hubo una. Lo único que sí sentí fue que el mundo daba vueltas a mi alrededor, eso porque el beso fue tan baboso que me sentí rebotada. En dos palabras y como bien lo dijo el burro de Shrek: fue horrible. Pero lo peor fue lo que vino después, cuando me invadió un pensamiento tenebroso: “¿Qué pasaría, si por alguna razón genética, cultural, mental o espiritual, yo fuera una persona a la que no le gustaran los besos?”
Estuve preocupada un tiempo, hasta que empecé a pensar de manera más práctica, como también desde pequeña suelo hacerlo. Esta fue la conclusión a la que llegué: los besos están sobrevalorados. La gente los da indiscriminadamente, a personas que acaban de conocer, para saludar, para despedirse, los mandan por teléfono, y alguno que otro cursi, los manda en el aire, esperando que alguien los reciba en su mano derecha y se los lleve al corazón. ¿Qué tan importantes pueden ser en realidad? Eso pensaba tratando de calmar mi angustia.
En verdad, lo que más me atormentaba, era que así como siempre había soñado que mi primer beso sería cinematográfico, también pensaba que al cerrar los ojos y por toda la eternidad, lo iba a recordar en 35 mm y Dolby 5.1 Surround Sound. Y así fue, sólo que en lugar de una comedia romántica, la que se proyectaba en mi cabeza (en loop) era la escena de una película de terror, de bajo presupuesto, cabe anotar. Eso jamás iba a cambiar y me sentí como se siente uno durante los créditos de “Titanic”. Al que le haya gustado, me entiende. Y al que no, también.
Pasó un buen tiempo antes de que volviera a besar. Cuando lo hice, a veces me gustó, a veces no, a veces ninguna de las dos, pero todas las veces besar me pareció, más que nada, aburrido e inútil. Pero un buen día, en el bus del Politécnico Grancolombiano (y esto es lo que más le tengo que agradecer a esta bella institución), conocí a un niño… diferente a todos los que conocía. Leía libros de Henry Miller y citaba a Bukowsky, conocía palabras que yo jamás había escuchado y las incluía de manera inteligente en una conversación coloquial, le apasionaban el cine y el jazz, escribía cuentos desesperados y poemas llenos de saudade. Esa palabra la aprendí de él. Pero lo mejor no era que fuera un artista atormentado con delirio de grandeza, no, lo mejor era que estaba enamorado de mí, como sólo un artista atormentado con delirio de grandeza podía estarlo.
Así que otro buen día y después de mucho dudarlo, decidí besar a ese niño que me robaría el corazón (para luego apuñalarlo hasta dejarlo irreconocible). No era un galán, mas bien se parecía a uno de los protagonistas del “Planeta de los Simios”, seguía estando en Bogotá City, esta vez en la residencia estudiantil un poco sórdida donde él vivía, ni siquiera hubo música de fondo y, sin embargo, fue exactamente como siempre lo soñé. Miento, ni siquiera en el cine había visto un beso como ese.
La razón era que por fin, después de tantos años e intentos fallidos, había hecho una verdadera conexión y mientras duró ese beso, y muchos de los que vinieron después, supe lo que era estar en perfecta sincronía con otro ser humano. Era como si adivinara cada movimiento para que los suyos coordinaran perfectamente con los míos, como en esa película en que Mel Gibson oye lo que piensan las mujeres. Allí, en ese cuarto de residencia estudiantil un poco sórdida, en el que jamás pensé que a una chica gomela como yo le pasaría algo relevante (o simplemente algo), entendí que el amor no son las mariposas que revolotean en el estómago. El amor es ese lazo invisible que nos une, a todos, y que nos hace sentir que somos indispensables para alguien más, que tenemos un lugar en el mundo, que no estamos solos. Allí, en ese cuarto de residencia estudiantil un poco sórdida, ese niño de chaqueta anaranjada (que odié hasta el día en que terminamos), me mostró ese lazo, y por unos segundos, tuve una epifanía, de esas que duran poco, pero que explican para qué estamos aquí. Y por qué.
Ese fue mi primer beso, aunque la lista minuciosa que llevo en una agenda con portada de mariposas diga lo contrario. No me importa, tengo mi momento de película, en cámara lenta y todo. Ese es el que rueda en mi memoria. Porque las primeras, a veces, no lo son. Y a veces, así es mejor.
THE END

