martes, 23 de agosto de 2011

MUERTES CORTAS

-Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias. ¿Cómo? ¿Otro Shirley Temple? Por qué no. Ya vuelvo. Hola de nuevo. Está muy bueno este coctel. Hace cuánto es usted bartender. ¡No es cierto! Increíble, cualquiera pensaría que es profesional. ¿Que qué es lo de morir un poco? Bueno, es algo difícil de explicar. Empezó a pasarme desde pequeña, cuando mi abuela me pegaba por comer muchos dulces antes de la cena, por ejemplo. Cuando crecí me empezó a pasar en distintos momentos, como cuando mi jefe me reprendía por olvidar enviar un e-mail importante o algo así. Ahora me pasa a cada rato. La cabeza se me pone muy ligera, me da un poco de rebote y empiezo a sudar frío. Creo que es lo que la gente debe sentir antes de perder el conocimiento. Algunas veces alcanzo a disculparme e ir a un lugar solitario donde pueda sufrir una de mis muertes cortas pero en privado, como hace un momento. Otras veces ni las siento venir.

-Pobrecita, ¿no te parece? Todo le da pena. Hasta las cosas más tontas la hacen hiperventilar. Por eso nunca se defiende. Ni siquiera cuando su jefe la acusa de no haber enviado un e-mail importante, que en realidad tendría que haber mandado él. Por eso siempre estoy con ella. Para darle su merecido a todos los que la tratan mal. Confieso que también a mí logra desesperarme. A veces incluso quisiera que desapareciera. Sé que la extrañaría, pero por lo menos así no perdería tanto tiempo, ¿sabes? Oye ¿por qué no me traes un trago de verdad? Este me está empalagando hasta el alma, como si la mitad ya no fuera de algodón de azúcar. ¿Un Dry Martini? Por qué no.

-Perdón, ¿qué estaba diciendo? Eso me pasa cuando me muero un poco, pierdo el hilo de la conversación. Incluso de las que inicio yo. ¿Esta la empecé yo? Creo que cada vez que me pasa pierdo algunas neuronas. Como si me sobraran. ¡Ay! Creo que se ha equivocado, yo pedí otro Shirley Temple, ¿recuerda? Es que no suelo beber. Mi abuela me lo prohíbe, además el médico me dio unas pastillas para controlar mis muertes cortas. Aunque… aún no me las he podido tomar. Cada vez que voy a poner una en mi boca, siento de nuevo la cabeza ligera y el rebote y el sudor frío. Cuando vuelvo en mí, por algún motivo siempre estoy frente al inodoro viendo cómo las píldoras se van en círculos hacia las cañerías. Nunca recuerdo cómo llego hasta ahí. Es como si no fuera yo quien halara la cuerda.

- Es una tonta, pues claro que no es ella. Su obsesión por seguir las reglas no la dejaría. Debe ser por eso que nunca ha conseguido novio. Bueno, también porque su gusto y el mío son muy distintos. ¡Oye, oye! No te lleves el Martini que apenas voy por la mitad. Si vieras el tipo del que está enamorada. Es mesero en una cafetería. ¡Mesero! Ay, no lo tomes personal. Seguro que ser bartender no es tu sueño. Si lo fuera sabrías preparar un Dry Martini ¿no? Ay, es broma. El caso, es un flaco insípido que se la pasa dibujando muñequitos en un cuaderno todo el día. ¿Que qué me importa con quién salga? ¿Pero qué no me oíste? Estoy con ella todo el tiempo. Tendría que soportar las necedades que habla todo el tiempo y a él dibujándolas en su cuaderno. Moriría de aburrición. O más bien, tendría que salir solo para estrangularlo.

-¿Por qué me mira de esa manera? ¿Qué si estoy bien? Sí, bueno, un poco mareada, pero… últimamente ese es mi estado natural, ¿sabe? A veces pienso que sentirme así, rara, es mejor. Mi padre siempre decía que la vida era tan aburrida que lo más probable era que ella misma fuera el infierno. Lo decía todo el tiempo. Antes de que se fuera, claro. Un día salió a trabajar y nunca más volvió. Estuve sola en la casa por tres días hasta que llegó mi abuela. Ella me dijo que mi papá se había ido a una finca en el cielo donde había todo lo que a él le gustaba. Me pareció muy raro. Sonó extrañamente igual a lo que le dijeron los papás a una amiga cuando se le murió su hámster. ¿Que si fue ahí que empezaron mis muertes cortas? Nunca lo había pensado, pero ¿sabe?… creo que sí.

- Así es imposible hacer amigos. Esa terrible maña de compartir demasiado tan rápido es lo que va a hacer que muramos solas. Como papá detrás de este bar de mala muerte. La pobre no entiende que si se fue era porque no quería cuidarla más. O bueno, tal vez sí lo supo y por eso me creó a mí. Una versión más fuerte de ella. Una que definitivamente disfruta de un buen… bartender. ¿Margarita me llamaste? No, Margarita es la otra. Yo soy Rosa. Y si me das otro Martini de estos, me quedo.

martes, 22 de marzo de 2011

CADÁVER EXQUISITO 7NENUNO

Libertad, no pienses que he terminado. Se avecina un abismo. Una dulce caída en un nuevo vacío. ¿Hay algo allá abajo? Pienso en el golpe. ¿Acaso dolerá? ¿O nada me espera? Ni siquiera su aliento en mi cara. En mi alma. Tengo frío. Tengo sed. Tengo vértigo de caminar en este desierto, paisaje baldío que me recuerda eso que tanto me cuesta olvidar. Pero, ¿cómo olvidarlo? ¿Cómo dejar atrás esa manía? Me persigue como si fuera una cola pegada a mí. No, no es así. En realidad soy yo la que va pegada detrás de la manía. Como cuando era pequeña y buscaba la mano fuerte de mi padre en la multitud. Entonces claro, ¿cómo dejar todo esto si es mi refugio? Me parece impensable aflojar. Desaprender... tal vez un poco. Bastante. Lo suficiente como para agregarle un poco de transparencia al aire. Pero olvidé que vivimos en el siglo del recalentamiento global, del CO2, y de los que siguen pensando que la sopa de aleta de tiburón les va a parar la verga. Nadie ha entendido que lo único verdaderamente afrodisíaco es el amor. Nada más contundente que eso. Porque si nada tiene sabor, las cosas en sí carecen de sentido. Son una sucesión de casi momentos

jueves, 18 de noviembre de 2010

NUESTRO TRATO CON LAS PALOMAS

(Octavo ejercicio de taller de narración: escribir un cuento con estructura circular, es decir, que empiece por el final y se devuelva para contar cómo se llegó hasta ahí)

Vi una bicicleta volar por los aires. Sé que no fue en cámara lenta, pero así es como recuerdo todos los momentos dramáticos. La miré hasta que cayó, más o menos a cinco metros de mi carro. Luego miré hacia el frente. En el panorámico había fragmentos de cráneo y sesos. Estaba todo cubierto de sangre. Tanta sangre. Por un momento sentí ganas de prender los limpiabrisas, pero me di cuenta de que no se vería bien ante los transeúntes que miraban aterrados sin entender por qué no me bajaba del carro, que todavía estaba prendido. No me atrevía a apagarlo. Me parecía que si lo hacía todo se iba a volver real y aún quería pensar que era un mal sueño.

Un mal sueño. Eso fue lo que me despertó esta mañana. Soñé que un hombre entraba a mi casa y quería matar a mi papá, que leía el periódico tranquilamente en su cama. Yo, desesperado por impedirlo, corría a la sala y cogía la plancha de carbón que hay de adorno frente a la chimenea. Después me le abalanzaba y le pegaba tantas veces en la cabeza que le dejaba el cráneo hecho papilla, pero extrañamente no le rompía la piel. Así me desperté esta mañana.

Esta mañana. Una como cualquiera. Carolina me hizo unos huevos fritos. Ella comió un cereal de esos dietéticos que saben a cartón. Apenas acabó me dio un beso en la frente y salió a trotar como todas las mañanas. Yo subí, me bañé y me puse el mismo vestido que me había puesto el lunes de la semana pasada. Serví un poco de café en mi termo, cogí las llaves del carro del percherito y salí. Estaba lloviznando. Inmediatamente pensé en Carolina. Se iba a mojar. Pero bueno, a ella no le importaba.

No le importaba. Era más guerrera que yo. Eso fue lo que me enamoró. Sonreí y me monté al carro. Me dio problemas para prenderlo como todos los días. Al quinto chancleteo encendió. No tenía tiempo que perder. Tenía una presentación con mi jefe. ¿Por qué será que aunque uno esté preparado igual se siente nervioso? Siempre me he preguntado eso. Arranqué. Cuando iba a doblar a la derecha por la primera esquina del barrio como todas las mañanas, vi que había un par de palomas en medio de la calle. No me preocupé por ellas. Saldrían volando, ese es el trato. Pero pasé y las palomas no volaron.

No volaron. Nada. No había palomas en el aire. Y contra todos mis instintos, volteé a mirar a ver si las había espachurrado con las llantas de mi carro. No estaban ahí. Ni vivas ni espachurradas. Lo siguiente que recuerdo es el golpe. Y que el corazón se me bajó hasta el estómago, generando un nudo apretado en mi garganta y un hueco profundo en mi pecho. Volteé a mirar por la ventana y vi una bicicleta volar por los aires. La miré hasta que cayó al piso. Luego miré el parabrisas. Sangre. Tanta sangre. No, mejor no prendo los limpiabrisas. No se vería bien. No me quiero bajar del carro. Esto tiene que ser un mal sueño. Bueno, ya, tengo que bajarme y lidiar con esto.

Lidiar con esto. Sí, eso era lo que tenía que hacer. Me bajé del carro y miré la bicicleta. O lo que quedaba de ella. Después miré a la derecha lentamente. Quería retrasar lo inevitable. Pero finalmente mis ojos llegaron a ese cuerpo inmóvil. Estaba aún más lejos del carro que la bicicleta.  No me explicaba cómo había llegado hasta allí, pero en verdad nunca fui bueno para la física. Me le acerqué, también lentamente. Los transeúntes que antes miraban aterrados ahora me miraban con rabia, por no ir tan rápido como se esperaría en esos momentos. Pero ya qué. Sus sesos estaban en el panorámico de mi carro. Y su cráneo. Y su sangre. Tanta sangre. Cuando estuve a dos pasos de ese pobre mortal, mi corazón bajó un poco más. Sentí cómo los ventrículos se desprendían por completo de mí mismo, dejándome para siempre como un muerto viviente. Era Carolina. Al parecer esa mañana había decidido salir en bicicleta. Lo último que vi antes de salir de la casa fue su casco rosado sobre la mesa de la cocina.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL DESASTRE

(Séptimo ejercicio de taller de narración: escribir un cuento con tema libre y darle tres finales diferentes)

Jugaba con una bolsita de azúcar mientras esperaba por ella. La mesera se le acercó a preguntarle si quería otra taza de café. El respondió que no con la cabeza y una sonrisa falsa. Tenía dolor de estómago. Haberse comido ese pie de frutos del bosque había sido un error. Siempre que estaba nervioso le daban ganas de cagar. Pero no podía. Odiaba los baños públicos. Más que nada por ser públicos. Y además porque le daba pena que la siguiente persona que entrara se diera cuenta de lo que acababa de hacer. Ella siempre le decía que no fuera bobo, que lo más probable era que nunca volviera a ver a esa persona, pero que en cambio los males que causa aguantar un cago sí le durarían para toda la vida. –De algo me tengo que morir- refutaba él cada vez.

Mientras estos pensamientos escatológicos revoloteaban en su cabeza, llegó ella. Estaba más arreglada que de costumbre. Eso le pareció sospechoso. -¿Será que sabe? Imposible. Si no le he dicho a nadie. Claro que las mujeres siempre se pillan esas cosas. Son como brujas – reflexionó mientras la saludaba. Ella se sentó e inmediatamente llegó la mesera que le había ofrecido café a él hacía unos minutos. Antes de preguntarle a ella qué quería, la mesera lo miró de reojo. Eso también le pareció sospechoso. Era como si ella también supiera. De pronto todas las mujeres del mundo sabían.

Ella pidió un café negro y un pedazo del mismo pie de frutos del bosque que él se había comido mientras la esperaba. Apenas se lo trajeron sintió cómo su estómago se retorcía. -¿Estás bien? Te pusiste verde como un muerto – dijo ella mientras masticaba un gran pedazo de pie. – ¿De qué hablas? Estoy bien – respondió él, algo prevenido. Ella le hizo cara de "uy mijito, ya no se te puede decir nada" y tomó un sorbo de café. Él seguía jugando con la bolsita de azúcar, que ya estaba a punto romperse. Los dos estaban callados. Era raro porque siempre tenían cosas de qué hablar, pero ese día era diferente. Todo estaba a punto de cambiar.

PRIMER FINAL
-Estás muy linda -él rompió el silencio. Ella le agradeció con una sonrisa. La bolsita de azúcar por fin se rompió. Los granitos transparentes se veían como diamantes miniatura regados por toda la mesa. Al ver ese hermoso desastre, ella lo miró y le sonrió con dulzura, luego cogió una servilleta, juntó todos los granos de azúcar al borde de la mesa y los echó sobre el plato en el que ya solo quedaban los rastros del relleno de su pie. Cuando terminó de limpiar puso su mano sobre la de él. –Aquí fue -pensó. Quitó su mano de debajo de la de ella, se la metió al bolsillo y sacó una cajita de terciopelo color uva. Creyó que al hacerlo se iba a cagar ahí mismo, sobre la silla del café donde se habían vuelto novios hacía cinco años. Pero pasó todo lo contrario. Sintió ese alivio que uno siente cuando caga después de haber aguantado mucho tiempo, como él lo había hecho tantas veces. Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de ella. Él tenía razón, ella sabía. Pero no importaba, había recogido su hermoso desastre con una dulce sonrisa en la boca. – ¿Nos casamos? – le preguntó.

SEGUNDO FINAL
- ¿Cómo te fue hoy? – preguntó él con la voz entrecortada. Ella suspiró hacia afuera y movió la cabeza de lado a lado. -Los dos sabemos para qué estamos aquí, entonces por qué no dices lo que tienes que decir de una vez – respondió ella y tomó un sorbo de su café a ver si con eso se disolvía el nudo que tenía en la garganta. La bolsita de azúcar por fin se rompió. Los dos miraron los granos transparentes regados por toda la mesa. Era un desastre. Pequeño, pero desastre al fin y al cabo. –Es el colmo –suspiró ella sin quitar los ojos de la mesa. El nudo de su garganta dejó escapar una lágrima que ella limpió antes de que rodara por su mejilla. Él la miró extrañado. No entendía nada. –Podrías haberme terminado en cualquier parte. No precisamente en el mismo sitio donde me pediste ser tu novia. No precisamente el día de nuestro quinto aniversario – después de decir eso ya no pudo aguantar más y rompió en llanto. Él empezó a jugar con otra bolsita de azúcar. No se acordaba que ese día era su aniversario. Ya no se acordaba ni de por qué le había pedido que fuera su novia. La mesera volvió a mirarlo de reojo.

TERCER FINAL
Cuando terminó de comerse el pedazo de pie que había pedido, se limpió la boca con la servilleta y le hizo señas a la mesera para que volviera. Cuando estuvo frente a la mesa le pidió una tajada del ponqué de chocolate que había visto sobre el mostrador al entrar. La bolsita de azúcar por fin se rompió. –Pensé que estabas haciendo dieta – dijo él sin calcular la gravedad de sus palabras. Ella lo miró a él, luego a los granos de azúcar sobre la mesa y luego otra vez a él. –Eres un desastre. Yo por lo menos solo soy gorda – en ese momento llegó la mesera con el ponqué de chocolate. Le había servido un pedazo muy grande. Antes de irse le picó el ojo a ella. A él lo volvió a mirar de reojo. –No dije que estuvieras gorda. ¿Pero sabes qué? Prefiero ser un desastre, flaco – no se sintió orgulloso de lo que acababa de decir pero al mismo tiempo hizo que se le quitaran las ganas de cagar. –Ay, hijo, por qué no más bien te callas y me traes otra bolsita de azúcar ya que decidiste romper la última-. La miró con odio, se paró de la mesa y miró alrededor. No había nadie más en el café. Encima del mostrador había un cuchillo. Estaba untado de la crema del ponqué de chocolate. –Sería poético – pensó.

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA VIDA SIN USTEDES

(Sexto ejercicio de taller de escritura: Crear un cuento con diálogos inspirado en esta lectura: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/lovecraf/azathoth.htm)

Estaba acostado sobre su cama. Tenía los ojos abiertos. No parpadeaba. Hacía días que no dormía. ¿O eran años? Ya no lo recordaba. Su cuarto era pequeño. Tanto, que a veces sentía que cada día las paredes se movían un centímetro hacia adelante y que un buen día iban a terminar por aplastarlo, como pasaba en las películas de miedo que tanto le gustaba ver cuando todavía podía dormir. De repente entreabrió la boca.

-Los extraño -susurró sin ganas.

-Lo sabemos.

-Trato de encontrarlos cada vez que miro por la ventana, pero ya nunca están. ¿A dónde se fueron?

-Más cerca de lo que piensas.

-Donde sea, quiero estar allá. Llévenme con ustedes. Todo volverá a ser como antes, lo prometo. Como cuando nos acostábamos a soñar bajo el árbol del parque en primavera.

-No podemos.

-Pero, ¿por qué? ¿Yo qué les hice para que me hayan abandonado así? ¿Saben que no duermo hace días? Tal vez ya son años.

-No es nuestra culpa.

-Entonces, ¿de quién?

-Eso no lo sabemos.

-Esa es solo una manera cobarde de decir que es un poco mi culpa –suspiró entre resignado y furioso.

-Tal vez lo es un poco.

-Pero si me llevan con ustedes, cambiaré. Me portaré bien. ¡Lo juro! Por favor, voy a morir si sigo así. Y si no muero, entonces terminaré yo conmigo mismo y eso sí será su culpa –escupió entre dientes.

-No nos amenaces.

-No es una amenaza. Es la verdad. Si no me llevan con ustedes voy a tirarme por mi estrecha ventana. Las paredes grises de estos rascacielos me verán caer como me han visto caer ustedes tantas veces, solo que esta vez, no despertaré antes de chocar contra el suelo –gritó mientras las lágrimas salían de sus ojos, rodaban por su sien y mojaban la funda de su almohada.

-Te va a doler.

-No me importa. No puede ser peor que vivir sin ustedes.

En ese momento, sus lágrimas se convirtieron en un profundo llanto.

-También nosotros te extrañamos –susurraron con voz triste.

-Por favor, los he buscado por miles de días, o acaso, ¿ya son años? No es justo.

-La vida no lo es. Lo sabes.

-Saber eso no me sirve de nada en este momento. Entre la muerte y la vida sin
ustedes, prefiero la muerte. En esa por lo menos podré dormir.

-¿Por qué estás tan seguro?

-No lo estoy. De lo que sí estoy seguro es que la muerte debe ser más piadosa que ustedes.

-Puede ser. También puede que no.

-Ya lo averiguaré. Y cuando sea yo el que me vaya, son ustedes los que me van a extrañar. Y seré yo quien los verá llorar. Ya me lo imagino. La muerte y yo burlándonos de ustedes antes de ir a tomar la siesta.

Se paró de la cama lentamente, mientras secaba las lágrimas de su rostro. Caminó dos pasos hasta la silla que estaba frente a su escritorio y se paró sobre ella. Del techo colgaba una soga. Estaba ahí hacía días, ¿o tal vez años?, ya no lo recordaba. Se la puso alrededor del cuello y saltó sin dudar. Su cuerpo se balanceó como un péndulo y al notar que incluso muerto no podía cerrar los ojos, ellos se acercaron y se los cerraron.

-Estuvimos aquí todo el tiempo. Eras tú el que no nos dejaba salir -murmuraron en su oído, antes de salir por la ventana.

martes, 2 de noviembre de 2010

VIEJA HIJUEPUTA

(Quinto ejercicio de taller de escritura: contar un robo desde el punto de vista del ladrón)

Vean a esa vieja hijueputa repartiéndole pan a las palomas y uno acá cagado del hambre. Fijo voy y le pido y no me da ni una borona. Parce, qué hambre tan hijueputa y yo sin un peso ni pa’ una papeleta. ¡Ja! Esa paloma casi se le caga encima a ese man. Ututuy, ese chino de allá tiene ganas de que le quite ese aipol tan bonito. Apenas vaya a cruzar la calle me le mando. Señor, señor, una monedita que tengo hambre. Ah, pirobo hijueputa. ¿Será que mejor me le robo el celular a esa viejita que está haciendo abdominales? Está ahí pagando encima de esa banca. Uy no, la pobre abuelita. Hasta se parece a la cucha. Bueno aquí fue. Mejor le saco el chuzo a esta gonorrea, que tiene cara de alzado. !Bájese de la billetera mono, pero ya! El aipol también, ¿qué creyó? Fresco chino, no llore, que si me da todo yo no le hago nada. Vea, tenga sus papeles pa’ que no diga que no lo ayudo. ¿Usted qué pirobo, qué mira? Eso, siga caminando mejor. Ojalá el Peluza esté todavía por la Plaza a ver si me vende una papeleta. Vean a esa vieja hijueputa dándole pan a ese perro. Piroba.

DESDE LA CANDELARIA HASTA UNICENTRO

(Quinto ejercicio de taller de escritura: contar el mismo robo desde el punto de vista de una paloma)

Estoy mamada. Claro, es que ya llevo volando desde Lourdes. Me acuerdo cuando era joven y podía irme desde la Candelaria hasta Unicentro sin parar. También tengo ganas como de cagar. Listo. Agh, no le di al man. Le hubiera a apuntado a esos viejitos que están haciendo abdominales allá. No mentiras, qué pecadito, todos viejitos. Uff, allá veo a una señora echándole arroz a otras amigas. No tengo tanta hambre pero qué importa, voy a bajar allá a ver si descanso y como un poquito. Hmm, ese man de allá se ve como sospechoso. Tiene pura cara de querer atracar a ese chino que va escuchando música en el iPod. Hola, hola chicas. ¿Cómo está la comidita? ¡Uy! ¿Esta señora está dando pancito también? Está bueno. ¡Ay! ¡Vean! ¡Vean a ese choro atracando a ese chino! Yo lo canté desde arriba. Es que yo ya me los conozco. En la Plaza de Bolívar he visto más atracos que granos de maíz, con eso les digo todo. Eso allá es caliente. ¡Ay bendito! Ese chuzo está bien oxidado. Ojalá el chino no sea bobo y le entregue todo. Esos bazuqueros son de temer. Y vea ese otro tipo pasándole ahí al lado y no hace nada. Ush, la gente sí es que es el colmo. Claro que a mí tampoco me darían ganas de ayudarle a ese chino todo emo. Ay no, qué pecadito, se puso a llorar. ¡Pilas, pilas chicas que allá viene un perro y se nota que tiene hambre! Yo mejor me abro de acá que todavía estoy lejos de Unicentro.

martes, 19 de octubre de 2010

CÍNICOS PERO MÁGICOS

No es fácil ser pobre. No es fácil estar enfermo. No es fácil ser viejo. No es fácil ser feo. No es fácil ser gordo. O demasiado flaco. No es fácil decir la verdad. No es fácil ser fiel. No es fácil ser feliz. El amor no es fácil. No es fácil ser mujer. Ni tampoco hombre. Aunque ser hombre es un poco más fácil que ser mujer. No es fácil tener éxito. No es fácil llegar a ser rico. No es fácil encontrar tu talento. Y es menos fácil descubrir que no tienes ninguno. No es fácil la monotonía. No es fácil no sentir envidia de aquellos cuyas vidas no son monótonas. No es fácil vivir en este planeta. No es fácil vivir. Los escucho. No sé si los entiendo, pero qué voy a entender yo desde tan lejos y siendo tan distinto.

Desde hace tiempo los observo. He visto sus guerras. Las que empezaron con razón y las que no. Los he visto reír y llorar. Los he visto lograr cosas que ni ustedes mismos imaginaban que eran capaces de hacer. Buenas y malas. Tristemente, más malas que buenas. Pero lo que más los he visto hacer, es quejarse. De todo. Si están felices, no están tan felices como el que tienen al lado. Y si están tristes, reniegan porque lo están. Yo desde aquí, en realidad lo veo más sencillo. Ustedes son todos muy parecidos. Sienten las mismas cosas. Se entienden. Esa empatía debería ser suficiente para hacer que todo se sintiera un poco más… fácil. Eso sí que lo entiendo bien yo, que me he pasado toda la eternidad recorriendo el universo completamente solo.

Soy el único de mi especie. No sé si hubo otros antes que yo, pero si los hubo, no los conocí. No tengo anillos, ni lunas, ni cráteres. No soy caliente, ni tampoco frío. No tengo vida. Ni siquiera un simple organismo unicelular. No tengo agua. Ni orbito nada. No soy un hoyo negro. Soy incluso menos que eso. Soy un retroplaneta, o por lo menos así es como me gusta llamarme, porque creo que soy un planeta, pero si no le intereso a nadie, debe ser porque estoy pasado de moda.

Desde que recuerdo, me la he pasado flotando de galaxia en galaxia. He visto cosas que no podría explicar con palabras. Con ustedes no es que pueda utilizar la frase “tendrían que verlo con sus propios ojos”, porque claramente antes de llegar a esos lugares, bueno, morirían. Sí, he viajado por todo el universo, literalmente y varias veces. Pero a pesar de que he visto cosas indescriptibles, ustedes siempre han sido lo que más me ha intrigado. Lo que siempre quiero volver a ver. No sé si es porque están todos locos. O porque son los únicos que me han notado sin siquiera saberlo.

Una noche estaba sobrevolando su atmósfera y me detuve a ver una pareja acostada en un parque. Sí, tengo buena vista. Los dos estaban tomados de la mano y miraban al cielo sin hablar. Me imaginé que estaban enamorados. Algo de lo que ustedes hablan tanto, pero que practican tan poco. De repente, cuando retomé mi camino, la mujer se levantó rápido sin soltarle la mano al hombre y me señaló. El hombre también se levantó un poco y los dos se miraron sorprendidos. “Pidamos un deseo”, dijo ella. “Está bien”, dijo el hombre sin preguntar por qué. Los dos cerraron los ojos. Y pasó algo que ni yo mismo me habría imaginado. Por algún motivo, que aún escapa a mi razón, pude escuchar sus deseos. Ella pidió que él le propusiera matrimonio y él pidió que ella dijera que sí. Pensé que tal vez de eso se trataba el amor, de querer las mismas cosas, al mismo tiempo y con los ojos cerrados. Sonreí y seguí mi camino. Cuando ellos volvieron a abrir sus ojos yo ya me había ido. Los imaginé tratando de adivinar qué era eso que habían visto. Eso que ojalá cumpliera sus deseos.

La siguiente vez que pasé por el mundo, su mundo, sucedió algo similar. No recuerdo dónde estaba pero vi a un hombre caminando torpemente por una calle solitaria y con una botella de whiskey barato en la mano. Se veía triste, estaba llorando. Imaginé que el motivo de su llanto era que acababa de perder su trabajo y tenía una familia que mantener. De repente me vio en el cielo y su cara se iluminó. Secó rápidamente las lágrimas de sus ojos, los cerró y como la pareja que había visto hacia un tiempo, pidió un deseo. “Quiero ganarme la lotería”, pensó. A él también pude escucharlo. Por alguna razón, sentí las más profundas ganas de cerrar los ojos y deseé cumplir el deseo de ese pobre hombre. Y sin saber cómo, ni por qué, lo logré. Tal vez cuando alguien cree mucho en tu poder, te lo otorga. Al día siguiente el boleto de lotería que él tenía entre su bolsillo resultó ganador. Me sentí feliz. Pensé que desde ese momento su vida sería mucho más fácil, así como les gusta a ustedes. Pero no, esa mañana muy temprano, el hombre fue a comprar cervezas a la tienda y al sacar los pocos billetes arrugados que tenía en el bolsillo, se le cayó el tiquete de lotería sin siquiera darse cuenta. Entonces pensé en si eso contaba como haber cumplido su deseo o no, porque cuando te pasa algo, pero no lo sabes, ¿en realidad te pasó?

Me siguió pasando lo mismo cada vez que pasaba por acá. Es de admirar que a pesar de su cinismo, aún sean tan propensos a creer en la magia. Cuando alguien me veía, cerraba los ojos y pensaba en un deseo, que yo inmediatamente cumplía, pero que cada vez, pasaba inadvertido por quien lo pedía. Una mujer que quería ser delgada y cuando le llegaba una suscripción gratis al gimnasio, prefería parar en la heladería. Una niña que soñaba con tener la muñeca de moda y cuando se la ganaba en la rifa de una fiesta de cumpleaños, le gustaba más la que tenía su amiga. El hombre que deseaba conquistar a la mujer de sus sueños y cuando ella le correspondía, su amor por ella moría.

Era frustrante y la vez gratificante porque aunque no se daban cuenta de lo que hacía, mi presencia se convirtió en motivo de felicidad para ustedes. Y por primera vez en mi vida, me sentí vivo. Porque la verdad es que solo existes cuando alguien te ve. He escuchado que me llaman estrella fugaz. Tal vez es porque desde allá abajo me veo como un pequeño punto luminoso que pasa rápidamente. Yo sigo cumpliendo sus deseos cada vez que me ven pero hasta ahora ninguno de ustedes se ha dado cuenta de que siempre se los cumplo. Entonces me pregunto si lo real de mi magia llega solo hasta el momento en que cierran los ojos. Si esa fe, tan fugaz como mi paso por su cielo, es suficiente para hacerlos felices. Si en realidad quieren que su vida sea más fácil cuando se empeñan tanto en complicarla.

No es fácil querer lo que no tienes. No es fácil que otros que no lo quieren tanto lo tengan. Y es menos fácil conseguirlo y darte cuenta de que ya no lo quieres. No es fácil trabajar para ganarte las cosas. Ni que ese trabajo no sea el de tus sueños. Pero tampoco es fácil apreciar lo que te ganas sin trabajar. No es fácil descubrir qué es lo que quieres. No es fácil que al descubrirlo, no te sientas satisfecho. Y es aún menos fácil descubrir que nunca vas a terminar de descubrirlo. Pero lo menos fácil de todo, lo que es en realidad difícil, es querer que la vida sea fácil y que no se den cuenta de que lo único que la complica es querer precisamente eso.

martes, 12 de octubre de 2010

MONSTRUO EN EL BAÑO

(Segundo cuento de taller de escritura: darle una nueva historia al personaje Aquaman, en un baño y con tono de miedo)

No solía odiar tanto a los hombres. Solo los odiaba un poco. Cuando aún podía pasar la mayor parte de su tiempo en el agua, los miraba desde lejos y se burlaba de su manera torpe de nadar. Solo de vez en cuando le daba por agarrar a uno de la pierna y zarandearlo un poco. Aunque a muchos de ellos nunca los volvieron a ver, él siempre negó su responsabilidad en el asunto. Pero sus cacerías furtivas y sus risas burlonas se acabarían más pronto de lo que él mismo habría creído.

Poco a poco, los hombres llenaron el océano de tanta porquería, que llegó un día en que le fue imposible seguir viviendo ahí. El agua estaba tan sucia que se la pasaba con conjuntivitis y las cosas que alcanzaron a quedar atrapadas en los tejidos que tenía entre los dedos y en sus agallas, eran dignas de historias de terror. Entonces tuvo que salir y buscar trabajo en tierra firme. Como no sabía hacer mucho más que nadar, el único puesto que consiguió fue el de empleado del servicio en la casa de un hombre viejo. Tan viejo, que había perdido el olfato y no percibía su olor a pescado.

Desde su primer día de trabajo, el viejo don Raúl le pidió que lavara el baño del sótano. Le dijo que hacía mucho tiempo que nadie entraba allí, pues sus anteriores mucamas no se atrevían a bajar muy seguido. "Es porque son mujeres y las mujeres se asustan fácilmente con la oscuridad", decía el viejo. Por eso había decidido contratar un hombre, o lo que fuera él en todo caso, para que se encargara de los quehaceres del hogar. El viejo le contó que cada vez que salía dejaba encerradas con llave a las empleadas para que no fueran a robarle sus objetos de valor y que una vez había llegado del médico y cuando abrió la puerta, la empleada salió corriendo despavorida como si el mismísimo diablo la hubiera espantado. Por eso con el tiempo se habían tejido historias acerca de su casa y su sótano.

A nuestro personaje poco y nada le asustaba lo que le causara temor a los simples mortales. O por lo menos eso era lo que decía. Así que desde ese primer día fue al patio de ropas y dentro de un balde echó todos los implementos necesarios para limpiar ese baño al que nadie entraba desde hacía quién sabe cuánto. Bajó las escaleras despacio. La madera crujía tan fuerte que parecía que se fuera abrir bajo sus pies. Había polvo y telarañas por todas partes. En una esquina, contra una pared estaba el retrato de una mujer gorda y malencarada, que parecía mirarlo como si le estuviera lanzando una maldición. Era la difunta esposa de don Raúl. Muchas de las empleadas decían que era ella quien habitaba en el sótano y las asustaba cada vez que don Raúl las dejaba solas. Al fondo del sótano, estaba el baño. Tenía una puerta de madera verde. Estaba cerrada.

Una vez estuvo frente a ella, la abrió lentamente con su mano llena de escamas, con mucho cuidado de no hacer chillar las bisagras, que claramente jamás habían sido aceitadas. No sabía por qué pero no quería hacer ruido. Con el de los latidos acelerados de sus dos corazones era suficiente. Una vez la puerta estuvo abierta completamente, la vio. Era mucho peor que un fantasma. Era un monstruo que ni en sus más terribles sueños habría podido imaginar. Quiso salir corriendo pero el pánico lo paralizó. Además no quería despertarlo. Imaginó que si lo hacía, era muy posible que su cuerpo gelatinoso y amorfo, tan parecido al suyo, se le abalanzaría y lo ahogaría con su olor fétido. Luego saldría de la casa, dejando un rastro de infección a su paso y terminaría por matar a todos los ciudadanos del mundo hasta que solo quedara él. Morir a manos de un monstruo como ese lo aterraba, pero el pensamiento de que aniquilara a toda la humanidad, por un segundo, dibujó una sonrisa de agalla a agalla en su rostro.

Cerró los ojos y contó hasta 10. No respiró profundo porque pensó que moriría al aspirar tanta muerte. Abrió los ojos, cogió la chupa y empezó a destapar el inodoro del baño, en el que había, por lo menos, lo equivalente a 5 días de cagos. Lo que nuestro personaje aprendió desde su primer día de trabajo era que el viejo don Raúl tenía Alzheimer y que siempre iba a cagar al baño del sótano y se le olvidaba halar la cuerda. Tras destapar el baño la primera de muchas veces, se sintió como un héroe y se autoproclamó Aquaman.

lunes, 11 de octubre de 2010

QUERIDO EXTRAÑO

(Primer cuento de taller de escritura: escribir un cuento basado en un artículo. El mío está basado en este: http://www.elpais.com/articulo/reportajes/escriben/condenados/muerte/elpepusocdmg/20100926elpdmgrep_4/Tes)

Querido extraño:
Era un lunes gris. Caminaba hacia el paradero del bus. Me disponía a cruzar la calle cuando lo vi. Su cabecita atorada bajo la puerta del garaje era un cuadro patético. Cómo le habría cabido por ahí en un principio era todo un misterio. Seguramente él estaba pensando lo mismo. O tal vez entre la comunidad canina  también corre el falso rumor de que por donde cabe la cabeza cabe el cuerpo, e intentó escapar.  Lloraba muy bajito. Con tristeza. Y resignación. Se notaba que le dolía. Que estaba asustado. Yo me quedé mirándolo un segundo. O un minuto. No sé. Pensé en acercarme a la casa y timbrar. Hacer algo para que sus dueños se dieran cuenta de que su perro sufría. Que tal vez no deberían dejarlo tanto tiempo solo en el garaje. Que no debieron dejar de quererlo cuando dejó de ser cachorro. Pero no lo hice. No timbré. Pasé junto al perro y seguí mi camino hacia el paradero. Lo dejé ahí, solo y asustado. El bus me recogió y me llevó a la escuela como todos los lunes. Y martes. Y miércoles. Y jueves. Y viernes. Yo seguí con mi día. Normal. Como si no hubiera visto a un pobre perro con la cabeza atorada bajo la puerta de un garaje sin hacer nada. “Soy peor que sus dueños” pensé.

Era un martes lluvioso. Una amiga me había invitado a su casa de campo de vacaciones. Su tío nos estaba llevando en su Monza color vino. Era un hombre calvo y mal hablado. Tenía en su rostro la expresión que llevan los hombres con vidas mediocres. O tal vez la que llevan los hombres que no son buenos. No sé. Paramos en una estación de gasolina y llenó el tanque. Nos preguntó si queríamos algo de comer. Las dos dijimos que no. Él se compró un yogurt. Era de fresa. Cuando terminó de tomárselo, lentamente bajó la ventana del carro. No sé si en realidad lo hizo lentamente o si así es como lo recuerdo yo. Tomó el último sorbo de yogurt de fresa y tiró el vaso a la calle. Sentí cómo se me destemplaba la boca del estómago. Estaba confirmado: no era un hombre bueno. Quise gritarle que era un bruto. Que si la puta de su madre no le había enseñado que la basura se bota en la caneca. Que cómo se sentiría si supiera que un animal se comería ese vaso de plástico y moriría tan lentamente como él había bajado la ventana del carro. O por lo menos tan lentamente como yo lo recordaba. Pero no lo hice. No dije nada. Él siguió manejando mientras yo trataba de calmar mi estómago destemplado. “Soy más mala que él”, pensé.

Era un miércoles por la noche. Salimos a bailar a un bar. Él estaba ahí. Él. Me moría por él. Por su discurso engreído. Por su forma de bailar sin mover los pies de un punto fijo. Por su pelo crespo y sus dientes grandes. Alguna vez escuché en un programa de televisión que la mayoría de la gente tiene los dientes más pequeños de lo que deberían y que la gente más linda los tiene grandes. Como él. Él. El amor de mi vida. Bailamos toda la noche y a la salida nos montamos en su carro. Era un Lada blanco. Viejo y feo. Pero era de él. Entonces era perfecto. Estábamos en el puesto de atrás. Él me besaba el cuello y yo sentía que era muy posible que muriera ahí mismo. Y que esa sería la mejor manera de morir. Yo quería mirarlo fijamente y plantarle un beso de telenovela. Él no lo iba a hacer y yo lo sabía. Yo tampoco lo hice. No tuve el valor. Llegaron todos los demás y se montaron al carro. El momento se había ido. Quizás para siempre. “Soy una estúpida”, pensé.

Era un jueves frío. Ella me miraba incrédula. Esa no era la manera en que su vida tenía que terminar. No con mis manos rodeando su cuello con tanta fuerza. No con una bebé de 8 meses en su vientre. Seguramente siempre había soñado que moriría vieja. En una mecedora. Tranquila. Habiendo criado a sus hijos y conocido a sus nietos. Pero la maté. Le robé su bebé y su sueño. Llamé a mi esposo desde la casa de ella y le dije que había acabado de tener a nuestra hija mientras estaba de compras. Desde hacía 9 meses lo tenía convencido de que estaba embarazada para que no me dejara por su secretaria. Todo era demasiado cliché. No tenía nada más planeado. La cargué y la bebé me miró de la misma manera que su verdadera madre lo había hecho hacía tan solo unos minutos. Incrédula. Y lloré. Lloré porque me di cuenta de que ella sabía lo que yo había hecho. Todo. Sabía que no había ayudado al perro atorado bajo la puerta del garaje en mi camino al paradero del bus. Y que no le había dicho nada al tío de mi amiga cuando botó el vaso de yogurt de fresa por la ventana del carro. Y que no me había atrevido a besarlo a él en el puesto de atrás de su Lada blanco. Y que acababa de matar a su madre. “No debí haber hecho esto”, pensé.

Ahora es viernes. No sé si gris, o lluvioso, o frío. No sé y no importa. Es el último viernes de mi vida. Y éstas, las últimas palabras de una carta que ya no podré escribir. Querido extraño, me gustaría que la hubieras leído. Que aunque sea una persona en el mundo supiera que me arrepiento. De todo. No lo dije en el juicio. Tampoco en los 10 años que llevo esperando que llegue este momento. Ahora una mujer me está clavando agujas en los brazos. Los mismos brazos que la mataron. Esto es a lo que se refieren cuando dicen “ojo por ojo”. Quiero llorar pero tengo tanto miedo que no puedo. Me pregunto si ella sintió lo mismo que yo. Qué le habrá pasado por la cabeza antes de cerrar los ojos. ¿Será que también recordó todas las cosas de las que se arrepentía como yo? Espero que no. Espero que, como dicen por ahí, la vida le haya pasado frente a los ojos y que su vida estuviera llena de momentos felices. Todos menos el último. Tras el vidrio puedo ver a su esposo mirándome fijamente, así como quise mirarlo a él, al amor de mi vida, ese miércoles por la noche. Pero el momento se ha ido. Esta vez para siempre. “Debí haberlo besado”, pensé.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

PROFECÍA DE BAÑO

(Segundo ejercicio de taller de escritura: Escribir un cuento descriptivo en un baño en tono profético) Hay un orinal en el baño. ¿Qué querrá decir eso? ¿Será que alguien me está queriendo decir algo? ¿Acaso que en una próxima vida seré hombre y ya no me importará ser flaca? Apuesto que es eso. La manera de los dioses de decirme que llegará el momento en que el papel de colgadura blanco y negro de un baño cualquiera ya no será testigo de cómo le devuelvo al mundo su abundancia. Que ya no tendré que mirarme a un espejo con pequeñas gotas de espuma en su parte inferior, mientras trato de disimular mis ojos rojos y aguados con algo de maquillaje antes de salir del baño. Que mis rodillas ya nunca más tendrán que sentir el frío de esta baldosa negra que quién sabe cuántos han pisado. Que un inodoro blanco y estrecho ya no contendrá el remolino que se llevará mi almuerzo al infierno. Pero mientras llega esa otra vida, aquí viene la sopa.

domingo, 26 de septiembre de 2010

EL PASTO Y LA SANGRE

(Primer ejercicio de taller de escritura: Escribir un cuento basado en El Club de la Pelea en una carnicería) Recuerdo poco de mi infancia. Sé que me gustaba caminar en círculos por el campo. El olor a pasto recién cortado. La leche tibia. A veces cierro los ojos e imagino que estoy ahí. Tranquila. Ingenua. Pero de repente, el olor a sangre me saca del trance. Abro los ojos y los veo allí. Entre los ganchos que cuelgan del techo. Se ven furiosos. Sus ojos me recuerdan a los de mi padre. El sonido de sus golpes me da escalofrío. También el de sus dientes cayendo sobre el frío piso de este lugar que ha sido testigo de tanto dolor. De tanta muerte. Pelean y pelean más. Y yo solo quiero decirles que se vayan, que me dejen sola con mis ganchos colgados del techo y mi olor a sangre. Que me dejen descansar en paz en éste, mi nuevo hogar. Que me tengan compasión ya que recuerdo tan poco de mi infancia. Entonces grito lo más fuerte que puedo. Grito, pero ellos no me escuchan. Debe ser porque los hombres no escuchan a los fantasmas. Especialmente al de una vaca.

martes, 17 de agosto de 2010

STUPID CUPID

I have to get rid of the crap,
the one in my room
and the one in my heart.
Find my way through all this clutter,
spill some gasoline on it
and set it on fire with a lighter.
I have to stop being stupid,
overthinking never helped anyone
especially those who refuse to see cupid.

lunes, 19 de julio de 2010

AL VACÍO

Hay gente que se enamora más que otra. Más a menudo. Más intensamente. De manera más incondicional. Más. Creo que no soy una de esas personas. O por lo menos hasta ahora no lo he sido. Me he enamorado. O aunque sea me lo ha parecido. Pero no como ellos. No como se ve en las películas basadas en libros de Jane Austen, donde las parejas se enamoran perdidamente con solo mirarse. Es un amor que duele. Pero que llena. Cada vez que veo una de esas películas, al salir del teatro, recuerdo el discurso de ese caballero guapo y galante, que nervioso le revela sus sentimientos a su bella dama y, por un momento, me lleno de fe. Creo que el amor de cuento de hadas sí existe y que me puede estar esperando a la vuelta de la esquina. Pero cuando llego a esa esquina solo me encuentro al borracho que acaba de salir de la tienda de al lado de mi casa, que se tropieza conmigo y ni siquiera tiene la delicadeza de pedir disculpas. Ese es mi galán.

Cuando entro a casa, mamá me pregunta que si otra vez fui sola a cine. Al escuchar mi respuesta afirmativa mueve la cabeza de lado a lado y tuerce la boca con desaprobación. No hay nada más triste que tu mamá piense que eres patética. Nunca se le ha ocurrido pensar que simplemente soy diferente. Que tal vez es por eso que no he encontrado el amor. O que no me ha encontrado él a mí. Porque en esta ciudad, si no en el mundo entero, casi todos los hombres son demasiado normales. No, ella solo ve a una solterona de 50 años, que vive con su madre para no tener que llenarse de gatos. Pobre, ella siempre soñó con casarme con un diplomático de un país lejano, que nos llevara a ella y a mí a vivir en una de esas casas que parecen de mentiras y que salen en los seriados estadounidenses. Qué se iba a imaginar que ni siquiera le podría comprar una casita nueva y sacarla de ésta, donde en cada esquina está el recuerdo de tantos golpes que le dio mi papá. Su galán.

Mamá ve televisión mientras lavo los platos de la comida. Esa es mi terapia. Ver los sobrados de lentejas y arroz irse por el sifón me llena de paz. No sé por qué. Tal vez me gusta ver que lo que ya no sirve tenga el destino que merece. Tal vez por eso también me gusta sacar la basura justo en el momento que pasa el camión. Siento cosquillas al ver a esos hombres vestidos de verde agarrando cada bolsa y lanzándola con fuerza hacia la trituradora. Me encanta el ruido que hace. Parece un gran monstruo que me salva de lo inservible. Los veo desaparecer al final de la calle, corriendo tras el camión. Qué galanes.

Qué pensaría mamá si supiera que esos hombres de verde, los que se deshacen de lo que yo ya no quiero, que cada noche libran batallas contra ratas rabiosas que no quieren que les roben sus tesoros, son los que me desvelan. Seguramente movería la cabeza de lado a lado y torcería la boca con desaprobación como siempre. O quién sabe, tal vez se pondría feliz de que por fin un hombre se fijara en mí. Diría “ no es un diplomático, pero por lo menos tiene un trabajo honesto” y por primera vez, se sentiría orgullosa de mí. Nos haría su famoso café en agua de panela y tomaríamos onces en el comedor. Ella le contaría mis travesuras de pequeña y todos reiríamos al mismo tiempo.

A veces quisiera dejar de pensar tanto en el amor. Resignarme. Pero no puedo. Me la paso pensando en por qué nunca he podido sentirlo como en las películas basadas en libros de Jane Austen. A veces pienso que enamorarse debe ser como saltar al vacío. Al principio se deben sentir unas cosquillas placenteras en el estómago. Como en la bajada de una montaña rusa. Debe ser emocionante y aunque a veces den ganas de vomitar uno no debe querer que se acabe. Lo malo es que uno nunca sabe si va a seguir cayendo o si se va a estrellar contra una superficie rocosa, rompiéndose huesos y órganos sin discriminación, dejando inválido el corazón, que de ahí en adelante no solo latiría más despacio, sino menos veces.

Entonces me pregunto si el amor es una capacidad genética, heredada desde tiempos inmemoriales, de ancestros que en mi caso, debieron ser más capaces de follar que de amar. O si tal vez es una habilidad aprendida, que uno entrena leyendo poemas de Neruda y Benedetti. Yo siempre fui demasiado cínica como para encontrarle encanto a la rima. O será que es algo que le pasa al alma antes de entrar al cuerpo. Me las imagino a todas en ese lugar donde se crean las almas, haciendo fila al borde de un planchón. Las que se lanzan son las que en carne y hueso saltarán de la misma manera al amor. Si es así, entonces mi alma debió haber escogido bajar por ascensor y ahora que está en mi cuerpo no es capaz de amar como en las películas. Por ser alma práctica. O tal vez perezosa. Más bien cobarde diría yo. Eso significaría que yo misma soy la culpable de estar sola. Creo que prefiero pensar que simplemente soy diferente y que los hombres de esta ciudad, si no del mundo entero, son demasiado normales. Es tarde, mejor me duermo. Mañana tengo que achicar la falda de doña Teresita. Si sigue adelgazándose así se va a morir. ¿Será que tiene cáncer?

martes, 22 de junio de 2010

WANT

What do I want? I want a fat wallet. Earned respect. A little structure. Is that too much to ask? I want a two-way highway. Reciprocity. Words with spine. That should make me stand. I want a curve of a nose that fits my mouth. Like a glove. I want no more brooding. Enough with the addicted and the damned. I want you. All of you. Every soft spot. Every wrinkle. Every inch. I want decent conversations. Not too arrogant. Not too complex. Not too. Just decent. I want a role-playing partner. Life is not a rehearsal, but it is an act, right? I want perfect kisses. Yours still top my list because I have only loved your lips. I want honest laughs. Ones that knock me off my feet one more time. I want to blow your mind. Into tiny little pieces and make soup for the hounds. I want to feel some empathy. A hint of remorse. Something that tells me I’m a little human. If only inside. I want a geek. Someone who like me doesn't know what it feels like to fail a subject. Thrive, pure and unadulterated thrive. I want to be on trial. And be found guilty. I want to be a flight risk and for you to aid and abet me. Something to wake me up. I want you to be my bitch. To fall head over heels and see if that’s what love feels like. I want to be a vampire and suck you dry. I want to read minds. And travel at the speed of light. I want to become supernatural in a high. I want to be religious. Speak in tongues. Have some faith. Maybe that will make it make sense. I want to be a piece of work. A spoiled brat. I want to throw temper tantrums that make you mad. Feel a taste of what it feels like to be a parent and maybe… change my mind. I want to make a cake out of this dough they call life. And give you a little piece with raspberry syrup on the side. I want to tell you everything I want.

viernes, 18 de junio de 2010

POR EL CAMINO VIEJO

Después de notar que yo estaba simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción no sólo rara sino imposible, ella también quiso sentir lo mismo, en vez de sus usuales ganas de que los doctores den excusas médicas cuando la gente se siente triste. Eso o una droga que cure esa tristeza, pero una que no haga doler la cabeza, ni vomitar al día siguiente, efectos secundarios de la que ella siempre tomaba. “Nada peor que automedicarse”, decía con aliento a limpiavidrios, que es a lo que siempre me olió la ginebra.

Pero no, los médicos solo excusan las tristezas causadas por desbalances químicos y su tristeza, según ella, no era clínica, era simplemente tristeza y para esa no había nada que la medicina tradicional pudiera hacer. “Cambiar de vida, o tal vez volver a nacer”, decía. Aunque posible, la primera siempre le pareció más difícil que la segunda.

Para ella la tristeza era como el invierno. Así le produjera sueño y la sintiera como miles de agujas entrando por todo su cuerpo sin anestesia, tenía que seguir despertándose a la misma hora; comiendo la misma porción de papaya a ver si su estómago desagradecido cagaba por primera vez en días; teniendo que ir al mismo trabajo que para lo único que le servía era para aburrirla, que no era tarea difícil en todo caso, y bueno, para comprar esa medicina que aliviaba de manera temporal los síntomas de su largo invierno.

Por momentos pensaba que era solo una excusa para no tener que apalear la nieve por las mañanas. A veces cuando lo hacía, empezaba a llorar y las lágrimas se le congelaban una a una sobre la cara, hasta que parecía estar derritiéndose cual muñeca de cera. Se veía tan patética que no me quedaba más remedio que quitarle la pala de la mano y fabricar un camino por el que los dos pudiéramos escapar lo más rápido posible. Ella entraba a la casa obediente, como una niña de colegio, de esas que no saben qué se siente no hacer tareas y le dicen al profesor quién fue el que le pateó la lonchera en el recreo. Se iba al baño a echarse agua en la cara y después me observaba desde la ventana hasta que terminaba.

También olía a pretexto cuando al llegar de trabajar le preguntaba qué había de comer y ella solo bajaba la cabeza y miraba el mesón de la cocina, donde se encontraban muy bien dispuestos todos los ingredientes necesarios para hacer una cena elaborada, siendo ingredientes todavía. Nada qué hacer excepto quitarme la chaqueta, subirme las mangas de la camisa con resignación y terminar lo que ella había medio empezado. Ella se sentaba al otro lado del mesón y comía aceitunas negras que yo siempre le ponía en un platico para que se entretuviera mientras estaba lista la comida.

Ese día empezó como todos. Conmigo apaleando la nieve mientras ella lavaba su rostro desfigurado por las lágrimas congeladas en el baño. Entre ese momento y mi hora de llegada ignoraba qué era de su vida. Nunca hablábamos por teléfono, solo si era estrictamente necesario. Después de unos años juntos nos dimos cuenta de que contarnos las nimiedades de nuestro día a día no constituía más que un desperdicio de saliva. Llegué a casa. Sobre el mesón, una caja de pasta sin abrir y medio tarro de salsa napolitana. En la cocina, ella abriendo la lata de aceitunas. Era lo más que la había visto hacer por la cena en años. Le agradecí con una sonrisa. Me quité la chaqueta, me subí las mangas de la camisa y antes de empezar a cocinar cogí una aceituna entre el índice y el pulgar y me la llevé a la boca. Me chupé los dedos antes de sacarlos de mi boca y empecé a morder.

De repente, empecé a ponerme tan morado como la aceituna que, ese día, había decidido tomar el camino menos recorrido. El que nunca tomé yo. En ese momento, más que fijarme en sus ojos, que me seguían aterrados, llenos de lágrimas y sin saber qué hacer como siempre, mientras yo torpemente trataba de agarrarme de lo que fuera, como si eso fuera a ayudarme a poner la aceituna en el tracto correcto, sólo pude pensar en por qué la gente cuando se atora, dice que la comida se le fue por el camino viejo. ¿Por qué es viejo ese camino? ¿O es que por viejo deja filtrar las cosas que deberían irse por el correcto?

Después de eso, cuando ya se acercaba el momento, mi momento, me pasó algo que creía que solo pasaba en el cine. Vi mi vida pasar frente a mis ojos. Pero no la vida que ya había vivido, sino lo que me faltaba por vivir. Fue una sucesión de escenas idénticas, en las que lo único que cambiaba era mi ropa y hasta esa se repetía eventualmente. Sí, mi vida pasó frente a mis ojos como una película con principio y desenlace, pero sin nudo. Y saber que ya nunca más tendría que apalear la nieve mientras ella me miraba inerte por la ventana, que ya no tendría que hacer la comida cada noche mientras ella mascaba aceitunas sin siquiera tomarse la molestia de botar las semillas en la basura, me llenó de calma. Entonces dejé de aferrarme a las cortinas de la sala como si fueran mi propia vida y me dejé caer.

Tenía puesto un vestido de rayas y una bufanda de flores ese día. Hace unas semanas había hecho exactamente la misma combinación. “Rayas no salen con flores” pensé en ambas ocasiones, pero no se lo dije. Ella siempre se ponía bufanda, porque ver su cuello desnudo le hacía dar ganas de enrollarlo en una soga colgada del techo y saltar, como lo haría momentos después de verme tirado junto a la ventana, simultáneamente feliz y lúcido, una conjunción, hasta ese momento, no solo rara sino imposible.

jueves, 29 de abril de 2010

PECES DE HONDA Y TRAQUETOS DE GIRARDOT

Algo que escribí con mis compañeritos de trabajo, en lo que ahora parece otra vida...

Mi mamá siempre me dijo que el amor pesa lo mismo en oro que en diamantes. En realidad nunca entendí eso, pero siempre se me viene esa frase a la cabeza cuando miro al espejo por las mañanas.

Y cuando miro al espejo me pregunto, ¿será que mi amor pesa oro o diamante? Y después me pregunto, ¿será que la gente notará que peso oro o diamante? Por ejemplo, para mí el amor de los traquetos pesa oro, claramente, el amor de los comprometidos pesará un diamante…

Pero el amor de mis amores solo tiene un peso en mi vagina, la que todos los días se llena de purito amor, el de verdad, nada de diamantes, nada de oro, no señor, puro amor puro amor, ahora bien, si vamos a medir ese amor, pues el del mío está de muy buen tamaño…

Y hay quienes dicen que el tamaño no importa, pero qué va, tengo la seguridad de que sí importa. Porque golpea más duro un bate de baseball que un barquillo de chocolate, y son más costosas y más finas las pelotas de basketball que unas sencillas canicas.

¿Será que es mi espejo el que está dañado? Ó pensándolo bien no sé si lo que me decía mi mamá era “el amor pesa lo mismo si es tu esposo o tu amante” la verdad siento un vacío en el estomago cuando pienso en esto, ya no solo lo pienso en las mañanas, se me ha vuelto una cosa de todo el día, mientras desayuno, almuerzo, ceno, y cuando voy al baño veo los diamantes y en la repisa del baño las fotos de mis amantes.

Pero en realidad la pregunta sería: ¿cuánto dura el amor? Y el espejo me dice: Hasta la eternidad, que en verdad es solo un instante, que hace que mi corazón palpite y así pueda seguir viviendo un segundo más.

Tic tac, tic tac. Así oigo mi corazón, como una bomba nuclear en una cuenta regresiva de palpitaciones. Esa vida que se me va entre oro y diamantes y espejos y amantes que me hablan y me hacen dudar. ¡Bum! Será que cuando explote mi corazón nuclear, ¿me muero o resucito?

Tic tac, tic tac, eso me hizo recordar ese delicioso dulcecito, que delicia la acidez de la primera chupadita, y que lástima que es cuando se desaparece, así es el amor, el placer y todo lo bueno, como la canción todo lo que empieza tiene un final, ¡ojalá que pronto termine este cuento!

Sabadibaduda Sabadibaduda y de nuevo lo que me gusta a mí, en Barranquilla y en Cartagena, hola que tal cómo te va… eso me lo enseñó una canción de mi adolescencia y lo repite mi amiga en mi ausencia…

Tamaños, vaginas, chupaditas, diamantes, oro, bombas, comidas, esposos, amantes, diamantes, traquetos, Cartagena, Barranquilla… Me falta Girardot para sentirme dentro de una trama de violencia y narcotráfico…

Sabrahyn Mustresti Santrafu Camaraun Triqui Wuki Snati Miti. Ni siquiera las palabras mágicas que me enseñó mi gerente espiritual en este momento me ayudan, me siento agotada con el fango en la cabeza y el agua dentro de mis orejas, pasan peces frente a mis ojos y me saludan, me dicen que vienen de Honda y traen un saludo de mi amigo que está en Girardot.

Lo único que hace que toda esta patraña se me olvide es el agua, porque hace que todo lo que no necesito se caiga, incluyendo el oro falso y las piedras que parecen diamantes, para harceme entender que estamos hechos de barro y la vida nos moldea a su manera.

jueves, 22 de abril de 2010

RIDDLE ME THIS

I’m brown. Like chocolate. Like your hair. And eyes. If you happen to have brown hair and eyes, of course. I’m brown like the trunk of that tree. I’m denser than water. I dissolve in it like Alka Seltzer. I’m not quite as fizzy, though. I’m not fizzy at all. I don’t dissolve as fast either. Oh and I don’t fix your stomach when it feels bad. Well… actually, I do. My irregular shape amuses me. How can you have created such awesome form? Makes me see you like an artist. A sculptress. Or a sculptor, if you’re a boy. Sometimes I feel like some sort of… mist. Maybe it’s because sometimes, most times, you feel me as a warm and cloudy and smelly fog. Did you guess who I am?

miércoles, 7 de abril de 2010

SIN LECHE, POR FAVOR

Cuando era chiquita odiaba que me sacaran los dientes. Cada vez que notaba que uno estaba ligeramente flojo empezaba dentro de mí una pequeña agonía. El diente cada día se aflojaba un poco más, lo sentía cada vez que podía ponerlo casi en posición horizontal a mi paladar. Cuando el diente de hueso empezaba a asomarse una parte de mí, la más racional, sabía que tenía que dejarlo ir. Pero mi otra parte, la que a veces predomina, no quería. Esa parte no estaba dispuesta a deshacerse de ese diente tan fácilmente. Por eso cada vez que mi mamá se acercaba con un pedazo de algodón en la mano, o un hilo en su defecto, yo empezaba a llorar e hiperventilar (se puede hacer las dos al mismo tiempo, por si alguna vez se lo preguntan en ¿Quién Quiere ser Millonario? Pasa lo contrario con tragar y respirar), y entraba en una histeria que casi siempre terminaba en una de esas palmadas que hacen salir a las niñas consentidas de sus pataletas. Sobra decir que el día en que me sacaron la última muela fue un buen día.

Años después, siendo ya una adolescente con unos buenos dientes de hueso (cabe anotar que jamás he tenido una caries), estaba esculcando una cajita de lata que mi mamá tenía guardada en un escritorio. Estaba llena de cositas, curiosidades, y en el fondo, reposando desde tiempos inmemoriales, yacían mis dientes de leche. Todos ellos. (Sí, puede pensar que mi mamá está algo loca sin temor a ofenderme). Al principio me pareció algo sórdido, digno de una de las escenas de Seven. Pero después entendí que las personas se aferran a las cosas que, de una u otra manera, contienen la esencia de la gente que quieren. Por eso debajo de la mesa de noche, o entre el clóset, o en el cajón del escritorio, cada uno tiene su cajita recuerdos.

De todos modos, sigo pensando que a uno le deberían crecer los dientes de hueso de una vez y evitar tanta pérdida desde tan temprano. Definitivamente no hemos terminado de evolucionar. De pronto así no tendríamos que guardar pequeños huesos semicarcomidos en el fondo de cajitas de lata. Y de pronto así seríamos más felices.

OH CHARLES

Hace poco oí a un hombre decir que las personas pertenecen al lugar donde las dejan estar. Solo alguien con la mente muy clara puede llegar a una reflexión como esa. Alguien que sabe que uno no es de la baldosa de ese baño que lo recibió de unas fétidas entrañas, ni tampoco es de esas entrañas, que ahora sin tanto hueso tendrán más espacio para cerveza. No, uno es del lugar donde lo dejan estar. Ese pensamiento debe venir muy bien en la cárcel. A Manson lo dejan estar ahí. ¿Desde cuándo será que mi sabiduría popular viene de asesinos en serie?